Como si fuera un juegoLeer texto
Como si fuera un juego… (…) si el poeta aparenta situarse en el terreno de la realidad común (…) adopta entonces todas las condiciones que en la vida real rigen la aparición de lo siniestro, y cuanto en las vivencias tenga ese carácter también lo tendrá en la ficción. (…) En cierta manera, nos libra entonces a nuestra superstición, que habíamos creído superada; nos engaña al prometernos la realidad vulgar, para salirse luego de ella. Reaccionamos ante sus ficciones como lo haríamos a nuestras propias vivencias; una vez que nos damos cuenta de la mixtificación, ya es demasiado tarde, pues el poeta ha logrado su objeto (…) Sigmund Freud Según Sigmund Freud, en el estudio que realiza sobre las diversas manifestaciones de “lo siniestro” a partir del análisis del cuento El hombre de Arena de E.T.A. Hoffman, este estado vendría a ser una especie de fenómeno que afecta y extraña a las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás, a esos elementos que hemos abandonado y cuyos impulsos emotivos han sido represados en el transcurso de nuestra existencia. Estas piezas ocultas del sí mismo son transformadas por la represión en angustia, con lo cual se aglomeran; tienden a retornar hasta nosotros repentinamente para desestabilizar todo aquello que creíamos superado. La concreción o aparición de lo siniestro en la obra de arte tiene que ver para el psicoanalista, con las capacidades del poeta para ubicarse en el terreno de la realidad común y deslizar esos rasgos desde lo cotidiano hasta la ficción, asentando los pasos de un desplazamiento que posteriormente se repetirá en la experiencia del espectador. En el caso de Starsky Brines, podría decirse que es justamente este mecanismo uno de los puntos centrales de su propuesta pictórica; sus ambigüos personajes, tanto en los dibujos como en las telas, se presentan ante nosotros como si pertenecieran a un mundo por todos conocido que repentinamente es desajustado por la intervención del artista. Extrañas presencias, muñecos sombríos, seres mitad animales y mitad hombres, mujeres ambigüas, niños risueños, bestias sutiles, textos, poemas, grafías y objetos, están constantemente transitando por esta calle de doble sentido que desarrolla en sus piezas: una cartografía fantástica donde lo extraño y lo familiar se solapan, haciendo surgir figuras tan cercanas como ajenas. Para Brines, este mundo es una población infinita muy particular, un bestiario urbano tan íntimo como colectivo que viene colecionando desde hace muchos años y que parece asaltarle constantemente. En las imágenes de su producción artística respiran los restos personales de una memoria que se desplaza desde la muñequería y los recuerdos de la infancia, hasta pasar por la cultura del comics y la iconografía caracterísica de los massmedia: símbolos, esterotipos, momentos, formas y relaciones que también sabemos cercanas porque conforman el día a día de nuestra compulsiva vida contemporánea. En su propuesta, los formatos, la técnica y los materiales de trabajo recrudecen estos desvíos visuales, cada figura funciona como un conjunto de fragmentos, de sugerencias, de gestos que se concretarán en los lugares ocultos del propio espectador. A través del despliegue de este cúmulo de quiebres formales y conceptuales que no sólo inspiran la aparición de sus personajes sino que conforman el movimiento de cada trazo sobre la tela, el artista finalmente nos confronta con un mundo donde, como diría Freud, lo extraño, lo raro, lo desplazado, repentinamente se afirma y se celebra… Casi como si fuera un juego, abre paso a la presencia de lo siniestro: obras que se deconstruyen por instantes para luego reanimarse, piezas que desbordan historias públicas y privadas, fracturas visuales que fluctúan entre los destellos fantasmales de una trama subterránea, persistencia de una vía perdida donde el artista, expulsando y reciclando sus propios temores, nos entrega una verdad oculta de la que todos formamos parte. Lorena González













