Texto íntegro del perfil y entrevista de Starsky Brines, pp. 32–43, y fichas de sus obras, pp. 45–52. Original español y traducción al inglés de archivo. Se conservan las declaraciones y los datos en su contexto de 2017. No se duplican los destacados extraídos del propio texto ni se incluyen las biografías editoriales de los colaboradores. No es una traducción del libro colectivo completo.
Nacido en Caracas, en 1977, se ha convertido en una de las figuras más notorias de las artes plásticas venezolanas de los últimos quince años. Sus obras se han expuesto en España, Francia, Alemania y Corea del Sur, además de Venezuela. En sus creaciones, destaca un trazo en el que la figura humana se debate con lo animal.
En una de las partes más altas de su taller, hay una estatuilla de Santa Rita. Cercana al techo, ahí donde están todas las deidades que reciben peticiones.
A los siete años de edad, Starsky le pedía a esa imagen que sus padres no se divorciaran. Esperaba que curara todo mal entre papá y mamá para que alguno no se fuera de casa, pero no ocurrió. Entonces se enojó y se olvidó de ella. No quería saber nada. Tan pequeño, hizo lo que escuchaba de los adultos, se afianzó y pidió, pero le fallaron.
Con los años, se reconcilió no solo con la efigie, sino con lo que representa.
«La descarté por no haber cumplido, pero muchos años después la encontré tirada y la rescaté. Retomé el camino de la fe, todo eso de creer. Si no, no estuviera en el mundo del arte, en el que hay que tener tanta esperanza. Me considero creyente, pero más holístico. Creo en Dios, pero con distintas formas de percibir el mundo. Sé que existe otra dimensión paralela a esta.»
Ahora vive en las alturas, en las montañas de los Altos Mirandinos, entre caminos serpenteantes de tierra, en una cápsula lejana de todo ese caos que le es tan familiar. A kilómetros de distancia de ese asfalto y concreto que es la avenida San Martín, con sus puestos de vendedores ambulantes, las cornetas de conductores obstinados, el humo del bus que no respeta las normas de tránsito, el ladrón que busca a un incauto, los vecinos apurados por llegar al trabajo, las estaciones del Metro atestadas de pasajeros y los diferentes comercios a los que tantos acuden. Una zona neurálgica, una avenida en la que se une el urbanismo milimétricamente planificado y vistoso de El Silencio con la premura de soluciones habitacionales para la incipiente clase media de hace más de tres décadas.
Su arte llama indudablemente la atención. Sus cuadros no pasan inadvertidos, aunque después venga el juicio. Gustan o no, pero ese es otro tema. Sin duda, le ha ido bien. Esa manera de representar la figura humana, trastocada de una forma tan tajante, ha hecho que su estilo sea bastante reconocible. «Pienso que he desarrollado una obra que centra su atención en el ser humano. Al retratarlo, me he sentido seducido por su condición animal, híbrida y zoomórfica. Imágenes arquetipales que conectan con nuestra humanidad y memoria, con la condición festiva y trágica de la vida. En este sentido, he urdido escenas que son una narración absurda de la sociedad contemporánea, imágenes cargadas con la pérdida de nostalgia, con una condición animal que ya no podrá ser.»
Le gusta reiterar esa intención, como para que no haya vaguedades en quien se pose frente a uno de sus trabajos. Reafirma que reflexiona a través de imágenes sobre su persona, el entorno físico y lo figurado. «Lo hago a través del juego con códigos simbólicos de nuestra cultura contemporánea.» Y es verdad, quien ve lo realizado por Starsky no lo siente ajeno ni distante. El espectador intuye, además, la frescura de una propuesta profunda, pero a la vez jovial. Es reflexivo, pero a la vez ameno.
Trabaja con las emociones, con la cotidianidad de la ciudad y del país. «He logrado en los últimos años mayor profundidad en mis búsquedas conceptuales. Voy a cumplir 40 años y tengo otra dimensión de mi entorno.»
Su nombre no es inventado. No es una pretensión de una persona que quiere destacar y pavonearse con imposturas que suenen foráneas. No, nada de eso. En sus papeles de identidad aparece Homero Starsky Brines Riera. «Lo que pasa es que Homero Simpson echó a perder todo. Bueno, no tanto por eso, sino porque hay gente que me decía que uno nace con estrella. Entonces, preferí usar Starsky desde pequeño. En el liceo todos me decían así, que además suena brutal», dice antes de reírse.
Norka Riera, su mamá, costurera y modista, fue sin pretenderlo quien gestó en él esa curiosidad por las formas, quizás por esa agilidad con los dedos que puede terminar en creación. A los 7 años de edad, el pequeño Starsky sintió inquietud con lo que se le ocurría hacer mientras ayudaba a su mamá en el oficio. «A uno le quedan resonando en la cabeza las cosas que te dicen. Y en ese momento, siempre me reiteraban que yo tenía habilidades. Con el tiempo, empecé a pintar.»
RESPONSABILIDAD Y ARTE
Le comentaban que tenía destrezas como ayudante de su mamá, pero tampoco estaba consciente de querer concentrarse en eso de ser artista. Tan solo había impulsos que buscaban consumarse con las actividades que suelen presentarse como opción en cualquier colegial.
Esa expectación empezó a revelarse también de otras formas, como una fuerza que aún buscaba cómo explotar a través del cuerpo. Starsky estuvo en la coral del colegio Vicente Salias de Maturín, una ciudad en la que pasó escasos años de su niñez, pero en la que se despertó un imaginario vinculado al mundo animal, como se revela en sus pinturas. En la capital de Monagas vivió desde los 3 años de edad hasta los 13, en un ambiente en el que se entremezclaba lo urbano con lo rural. «Mi papá, Leopoldo Brines, trabajaba como ingeniero y lo contrataron para la construcción de un polideportivo. Pero con el tiempo, se fue. Hubo una ruptura y quedé desubicado en un contexto que no me pertenecía del todo. Ya yo sabía además que estábamos mal económicamente. Y cuando regresamos, terminamos en San Martín. ¡Fue todo un salto! En Caracas me involucré con una ciudad convulsa, que a la vez era muy divertida. Todo cambió, obviamente. Ahora hay una violencia que te impide todo.»
Al regresar a la capital, estudió en el Liceo Caracas, pero se enamoró y no quiso volver más para no ver a esa chica causante de tantas angustias y desvelos. «Cursé el quinto año en un centro privado. Hablé con la directora del Instituto Unitario del Centro en La Candelaria. Le dije que retomaría mi formación académica y que yo mismo pagaría la matrícula. Usé el dinero que obtenía como mensajero. También hacía retratos y los vendía.»
Existía la presión de aprender una labor que redundara en una mayor estabilidad económica. Esa común necesidad de llevar algo a casa y dejar atrás las premuras. «Por eso, una vez graduado, empecé a estudiar Diseño Gráfico. Quería desempeñarme en un trabajo que me ayudara a resolver ciertos problemas. Pero la escuela de diseño se encareció mucho. Tuve que dejarla, pero los mismos profesores me dijeron que yo era un artista, que no tenía nada que hacer ahí. Cuando iniciaba un proyecto, lo hacía de forma subjetiva: Me faltaba ser pragmático, como lo exige una carrera.»
Pero el paso del diseño a la escuela de artes no fue inmediato. La realidad toca siempre la puerta y obliga a atenderla. «Antes trabajé en la Electricidad de Caracas, como aprendiz . Era un excelente empleo, con todos los beneficios, pero no era lo que deseaba. Duré como seis meses. Después trabajé en una contratista de esa misma compañía. Hacía reportes de postes dañados. Conocí muchos barrios, vi mucha pobreza en zonas que ahora deben estar peor. Luego, en 1999, ingresé a la escuela Armando Reverón, y allí todo comenzó a evolucionar aceleradamente.»
A ese lugar llegó gracias a su paso por el taller de Jesús Soto en Caracas, donde fue el último de la fila entre los trabajadores del maestro. «Había una muchacha en San Martín que era directora del taller; ella sabía en lo que yo andaba. Me preguntó si quería trabajar ahí. Pregunté qué era y me explicaron. Vi el pénsum y me entusiasmé.»
Esa labor en el taller, donde estuvo apenas tres meses, sirvió aún más para sustentar sus aspiraciones. «Yo simplemente limpiaba las obras que llegaban de otros lugares. Me maravillé por lo que estaba descubriendo. Fue otra dimensión. Me di cuenta de que se podía vivir del arte. Le dije a mi mamá que Soto era muy exitoso. Solo lo vi una vez. Llegó y me preguntó si era el nuevo asistente de taller. Se presentó y me dio la mano.»
Al Instituto Superior de Artes Armando Reverón llegó sin saber mucho. Por pasillos y salones caminaban artistas que él veía en libros y museos. Ahí estaban, finalmente, impartiendo conocimientos a su alcance artistas como María Eugenia Arria, Víctor Hugo Irazábal, Manuel Espinoza, Octavio Russo.
«Ya sentía la certeza de estar bien encaminado. Ya estaba consciente de cuál era mi vocación. Me sentía potente e imparable. Nunca dudé de que lo iba a lograr. Más bien, si algún profesor me cuestionaba constantemente, yo decía que era él quien no entendía.»
A ese lugar entró agradecido, sin las ínfulas de querer derribar lo establecido. «Fui una esponja. Nunca quise derrumbar paradigmas; más bien los quería. Era necesario enterarme más del arte. Otras personas sí, hijos de artistas, que llegaban con otras pretensiones. Pero eso no te permite disfrutar del momento. Yo más bien ingresé con muchas preguntas. La escuela Armando Reverón fue todo un descubrimiento, y pienso que así fue mejor.»
Una vez entre esas paredes le preguntaron por un artista venezolano que no fuera Jesús Soto, Carlos Cruz-Diez o Armando Reverón. Solo atinó a responder que Juan Loyola, a quien había conocido en Ciudad Bolívar gracias a su papá. «Era muy andrógino. Me pareció muy raro. Le pregunté a mi papá y él me dijo que era un gran artista. Me dio la mano y nunca lo olvidé.»
INFLUENCIAS
Si se tiene que hablar de mentores, hay uno que conmueve profundamente al artista. Es de esos personajes que suele haber en los sectores más populares de las grandes ciudades, en esas zonas en las que, a pesar de la hostilidad, aún prevalece el encuentro fortuito con esquinas, calles y pasillos, entre personas que se conocen de toda la vida.
«Te hablo de un lugar con personajes sanmartinescos. Eso solo lo entiende la gente de allá. Cuando joven, mis amigos y yo decíamos que todo se parecía a la serie de televisión Eerie, Indiana, en la que pasaban cosas absurdas. Eso forma parte también de mi obra, indudablemente.»
Allí, a los 16 años, conoció a Juan Vicente Marí Torres, su antes y después. Un pintor que vivía en la calle por problemas de drogas, pero que fue su primera influencia.
«Lo quise mucho. Con él conocí a la primera persona que se llamaba a sí mismo artista. Era cultísimo. Hablaba francés; había ido a Europa. Me contaba historias de un mundo que yo ni me imaginaba, un universo fantástico. Era cuestión de fe creerle o no. Vendía sus cuadros en la calle. Era un guerrero.»
Un día le preguntó si era artista. Él dijo que sí y lo invitó a ver sus pinturas. «Me encontré con una instalación, un rincón lleno de peroles que él recogía en todos lados. Nos hicimos amigos. Él también necesitaba de alguien que lo escuchara de verdad. La gente me criticó mucho, porque yo cambié también. Empezaron a decir que yo consumía piedra y juraban que yo terminaría en la calle. Pero para mí era como estar en un taller con una persona que se mimetizaba por ser artista. Entraba con licencia a ciertos guetos a comprar sus cosas. Siempre quería enseñarme los detalles de su vida. Me habló de la droga y siempre me advirtió que no lo hiciera, porque si no terminaría como él. Fue muy íntegro. Tuvimos una relación incluso mística. Él trabajó como guardabosques del Ávila, y me comentó muchas cosas que pasan arriba. Decía que había unos portales, pero nunca me atreví a acompañarlo.»
Falleció hace cuatro años, un momento que él compara con la película El gran pez de Tim Burton, en la que de repente aparecen todos esos personajes de los que hablaba el protagonista y que confirmaban todas las historias que el hijo creía inverosímiles. «Estaba su familia, pero para ellos él había muerto veinte años antes.»
Una vez que Starsky entró a la Armando Reverón, la relación empezó a enfriarse, pero nunca el sentimiento. Los temas de conversación no eran los mismos, pues el incipiente artista empezó a recibir otros conocimientos, otras referencias más universales y trascendentes. «Nunca llegó a ir a una de mis muestras, pero sí compartíamos la prensa que reseñaba mis cosas y él lo disfrutaba mucho.»
Sus influencias han variado con el tiempo. Hubo momentos en los que sintió un desbordado entusiasmo por lo que hacía el francés Jean Dubuffet, pero ahora más bien se compenetra más con el alemán Gerhard Richter. «Por su manera de contar varias cosas a la vez. Me siento más reflejado en eso de tener varios cuerpos de trabajo sin dejar de ser yo. Me gusta que la gente espere algo específico de uno. Tapia, por ejemplo, fue un personaje vital para mí, pero en estos momentos lo siento muy distante. Ahora, Jean-Michel Basquiat, de toda la vida, al igual que Georg Baselitz o Markus Lüpertz. Todos han sido innegables influencias.»
EN EL RUEDO
En la escuela de artes constantemente le decían que mirara el mundo del arte venezolano como un gran estacionamiento en el que tenía que buscar su puesto. ¿Y cómo se hacen visibles? A través de los salones de arte. Para Starsky fue importante su inclusión en el Salón de Arte Exxon-Mobil 2003 de la Galería de Arte Nacional, donde por primera y última vez una de sus obras estuvo colgada en esas paredes: Naturalmente fragmentado. Otro momento importante fue el Salón Cantv Jóvenes con FIA de 2005, cuando obtuvo el Segundo Premio por Miradas abiertas.
Juan Carlos Palenzuela fue el primer crítico que se interesó en él. Incluso, fue el curador de su primera individual. «Iba hasta mi casa en San Martín. Apenas entendía lo que él me decía, porque no poseía entonces el mismo bagaje que él. Me dio mucha seguridad sobre la pintura. Me recomendaba que aguantara la falta de medios porque venían cosas mejores. Una vez fuimos a la Armando Reverón y me dijo: ¡Qué feo todo esto! Me reiteraba que tenía que viajar, conocer París y el resto del mundo. Me decía que estábamos muy limitados en una escuela de artes sin jardines. Y es verdad, era hermosa por todo lo que ocurría adentro, pero era un edificio de concreto.»
Y le hizo caso. En el exterior fue abriendo brecha desde Madrid, gracias a la Galería Fernando Pradilla. «Me dio mucha más seguridad y empecé a pulsar lo que pensaba otra gente en el mundo. Ahí me di cuenta de que esto es un lenguaje universal. Que lo que hacía en San Martín podía ser incluso más apreciado que donde vivía. No puedo negar las interpretaciones con las que puedo estar en desacuerdo. Por eso es arte, no ciencia. Mi intención no es demostrar nada. Reflexiono sobre el ser humano. Una persona con sus vivencias particulares tal vez no descubra lo de San Martín o Caracas. Va a conectar con su ser y arquetipos. Eso es más trascendente que mis vivencias en esta ciudad.»
Vale acotar que antes de iniciar ese camino de formación y éxito, Starsky tuvo individuales, pero a las que solo asistían sus familiares más incondicionales. «La primera fue en la Biblioteca Pública Óscar Palacios Herrera en San Martín.»
Su familia, al ver los frutos en galerías y prensa, empezó a celebrar todo. Tomaron conciencia de que no hubo decisiones equivocadas en el muchacho que quiso ser artista.
NUEVA VIDA
En la montaña hay un silencio que ahora le es necesario. La explosión de los años en San Martín y Lomas de Urdaneta, donde vivía su abuela, quedó atrás. En su taller ahora recibe clases de música.
Hace una pausa para dejar claro que es importante hablar de sus días en Lomas de Urdaneta, donde creció su mamá. «Cuando estábamos en Maturín, en vacaciones, siempre era mi destino. Pasaba varias semanas en esos bloques, donde los niños eran muy diferentes a lo que yo estaba acostumbrado. Eso también forma parte de ese imaginario. Cuando uno ve lo que fueron esos bloques, diseñados por Carlos Raúl Villanueva, o el Metro de Caracas, uno valora cómo se transformó la ciudad. Pero después de tantos años, todo queda solapado entre tanto caos. Es lo que se habla cuando uno se refiere a la desilusión de la modernidad. Hace unos años intenté volver, pero no continué. Apenas llegué en carro, noté la tensión.»
Ahora, de regreso a su vida en la montaña, detalla: «He aprendido a tocar percusión y guitarra. No tengo ningún grupo; solo estoy investigando sobre el arte sonoro. Estoy contaminado de la plástica. Así que esto me ha servido de catarsis para pensar en otras cosas. Pero inevitablemente se empiezan a cruzar».
Graba lo que hace, y tal vez desarrolle algún proyecto más adelante. «Fantaseo con producir un disco de arte sonoro. Sería para un público muy pequeño, sería como la banda sonora de mi obra.»
Starsky está casado con su novia de la adolescencia, Judisay González. Con ella tiene dos hijos. Camila, de seis años de edad, y Liam, de dos. Y no descarta emigrar. «Me fui de San Martín por los hijos. Quiero darles otra calidad de vida. Claro, Santo Antonio es una burbuja. Estamos en una zona de confort. Si no enciendo la radio, no me entero de nada. Si tengo que irme, además de la situación del país, será por lo que aún necesito aprender afuera y brindarles a los niños más cultura y visión.»
La niña le pregunta y él le explica sobre lo que ocurre en Venezuela. Le relata lo vivido en San Martín, tanto lo bueno como lo violento.
Todavía es mucho lo que le falta. Por eso prefiere esperar antes de asegurar si encontró su puesto en el estacionamiento del arte venezolano. «El tiempo es lo que pone, lo que sube y lo que baja. Decir que hay un legado es pretencioso. Los tiempos del arte son muy largos. Se pueden comprobar ciertas cosas, como que lo que se ha hecho ha tenido sus frutos. Para los demás, aún es muy temprano.»
Para Starsky el rol del artista está en su taller. El arte es político por naturaleza, pero en la Venezuela actual está obligado a sensibilizar y utilizar sus herramientas para el encuentro. «Hay que dejar que la gente entre y se consiga con lo humano, con lo básico y elemental. Poder reconstruir a partir de ahí. Como ciudadano, hay que tomar posición, pero como artista, desde afuera, es necesario establecer los puentes necesarios, poder hacer cambios para alcanzar otros paradigmas. Uno como artista tiene la capacidad de apartarse de la masa y ver desde una diferente perspectiva.»
Si tiene que nombrar un país en el que ha sido exitoso, subraya que Corea del Sur. «Ha sido una locura. Se parecen mucho a nosotros. Hay una demencia que nos conecta. Allá puedes ver obras mías en la entradas de museos importantísimos. Eso no pasa acá. En Venezuela hay un divorcio total entra las instituciones y los artistas. No creo que yo exista para los museos públicos de este país. Si llegase a haber un interés, yo daría mi mejor obra.» Por ejemplo, en Corea del Sur, hay obras suyas en las colecciones de la Chosun University Museum of Art.
Mientras transcurre su tiempo, prefiere concentrarse en lo inmediato, en cada momento que le permita experimentar distintos caminos de expresión. La pintura es primordial, sin duda, pero la música ha despertado en él una curiosidad por saber y dominar cada vez más ese arte. Desde su taller, que suena a salsa, a jazz y rock, transcurren sus días entre la explosión de creatividad, la reflexión, la preocupación y las ensoñaciones por un futuro del que siempre ha estado seguro, pues, como ya dijo, nunca ha dudado de lo hecho ni de sus objetivos. Como si quisiera demostrar lo que escuchaba cuando era pequeño: que hay gente que nace con buena estrella.
Fichas de las obras · pp. 45–52
El marino soy, 2017. Acrílico, grafito y óleo pastel sobre papel. 70 × 50 cm.
Estás rodeado, 2014–2017. Collage, acrílico, grafito, óleo pastel y pintura industrial sobre papel. 70 × 50 cm.
El hombre del mecano, 2017. Collage, pintura industrial y óleo pastel sobre papel. 70 × 50 cm.
Returning to Napoleon, 2016. Acrílico y óleo pastel sobre tela. 208 × 168 cm.
Our day will come, 2016. Acrílico, pintura industrial y óleo pastel sobre tela. 156 × 120 cm.
THINK, 2015. Pintura industrial y collage sobre madera. 244 × 182 cm.
The circle of beauty, 2016. Acrílico, pintura industrial y óleo pastel sobre tela. 166 × 198 cm.
Así es Caracas, 2017. Collage, pintura industrial y óleo pastel sobre papel. 70 × 50 cm.